A continuación, puedes ver un resumen en formato infografia con los momentos más importantes de la evolución de la cooperación internacional al desarrollo.
El sistema internacional de ayuda al desarrollo nace a finales de la II Guerra Mundial y según el CAD es “el conjunto de recursos y posibilidades que los países desarrollados ponen a disposición de los países en desarrollo, con el objetivo de facilitar su progreso económico y social. Está definida por aquel ámbito en el que existe efectiva transferencia de recursos, bajo determinados niveles mínimos de concesionalidad que son establecidos internacionalmente.”
Existe consenso en el hecho de que las primeras expresiones de la ayuda al desarrollo nacieron durante el mandato del presidente de Estados Unidos Harry S. Truman a finales de los años 40 del siglo XX como mecanismo para estabilizar el orden político mundial.
El propio Plan Marshall anunciado en 1947 sería no solo un apoyo financiero estadounidense para la recuperación de la devastada Europa, sino un instrumento para afianzar el sistema occidental frente al comunismo.
En el marco de las Conferencias de postguerra (Bretton Woods-1944 y Ginebra-1947) la cooperación al desarrollo jugaba un rol secundario pero complementario a los pilares del sistema comercial y monetario compuesto por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. La emergencia de la división bipolar de la estructura, y por ende, la confrontación interbloque Este-Oeste, plasmó las políticas de ayuda al desarrollo. Durante esos años, la ayuda era esencialmente bilateral y se utilizaba como elemento estratégico y político en el marco de la recomposición del sistema internacional bipolar.
En estos momentos de puesta en escena de la cooperación internacional le debía corresponder un lugar destacado a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En la Carta de San Francisco de 1945 se establece como propósito “Realizar la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión”, dedicándose el Capítulo IX a la “Cooperación internacional económica y social”, concediendo un papel destacado en esa tarea al Consejo Económico y Social (ECOSOC).
Además, la amplia familia de entidades de Naciones Unidas trabajaría en ámbitos determinados:
Sin dejar de reconocer la gran labor realizada, la vida de la ONU estuvo hipotecada durante la Guerra Fría por la utilización del veto como arma geopolítica por Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), lo que llevó a una gran falta de operatividad, pero también a un gran descrédito, siempre achacable en el fondo a quienes impidieron que se cumpliera la Carta.
También en estos años nace el sistema internacional de protección de los Derechos Humanos, que tiene como base la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), que se completará con los Pactos Internacionales de 1966 sobre Derechos civiles y políticos, y sobre Derechos económicos, sociales y culturales. Junto al ámbito universal, habrá formas regionales en el ámbito de los derechos humanos:
Uno de los grandes cambios internacionales vino motivado por el impacto de la descolonización en la década de los 60 del siglo XX. Los países latinoamericanos se habían independizado a comienzos del siglo XIX, pero en Asia y en África la gran descolonización se produjo en esas fechas.
La independencia tiene como efecto el aumento del número de estados en el mundo, como se comprueba con el aumento de miembros en la ONU. Pero más allá de ese impacto, la descolonización revelará el alcance de la colonización, su devastación, destrucción y las graves violaciones a los derechos humanos. Por tanto, el primer impacto de la descolonización es el anticolonialismo y la lucha por la emancipación de los países y pueblos sometidos a dominio colonial.
Según la Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales, de 14 de diciembre de 1960, “La sujeción de pueblos a una subyugación, dominación y explotación extranjeras constituye una denegación de los derechos humanos fundamentales, es contraria a la Carta de las Naciones Unidas y compromete la causa de la paz y de la cooperación mundiales”.
Los nuevos países (liderados por Gandhi, Leopoldo Sedar Senghor, Jomo Kenyatta, Patrice Lumumba) también reivindicarán de forma colectiva, a pesar de su gran heterogeneidad, cambios en las reglas del juego del sistema internacional. Nace el Tercer Mundo, que tendrá sus expresiones en el ámbito político con la creación del Movimiento de Países No Alineados (Bandung, 1955) y en el económico con la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Ginebra, 1964), donde se reivindica ‘comercio, no ayuda’.
En muchos casos esos procesos revolucionarios, que ponían en cuestión la hegemonía de Estados Unidos en el mundo, fueron combatidos con todo tipo de armas, incluyendo la ‘ayuda exterior’. Así se refleja en Confesiones de un gánster económico (La cara oculta del imperialismo americano) (J. Perkins 2005).
Aprovechando su mayoría en la Asamblea General de las Naciones Unidas, promoverán una serie de documentos que se conocerán como el Nuevo Orden Económico Internacional; pero los redactores de la Carta de San Francisco dejaron el verdadero poder de decisión de la ONU en manos del director de grandes potencias que es el Consejo de Seguridad.
De este modo, a la división Este-Oeste propia de la Guerra Fría, se incorpora la división Norte-Sur. Durante esos años, la cooperación al desarrollo se entendía como un instrumento fundamental para la “acción contra el subdesarrollo” que se concebía como una derivación del crecimiento económico. Se centraba toda la cooperación en una visión reduccionista que entendía que a través del crecimiento económico se conseguirían paliar los déficits sociales y que, de manera más o menos automática, se reducirían las carencias y privaciones que caracterizan la pobreza.
El sistema de cooperación fue concebido como una política entre estados que, bajo una visión asistencial, utilizaba la transferencia de recursos del Norte al Sur como instrumento preferente que marcó la relación desigual entre donantes y receptores.
Sin alterar el teatro de operaciones de la Guerra Fría, desde finales de los 60 del siglo XX se observan cambios que sí van a tener cierto impacto. Son años de rebeliones y revoluciones en buena parte del mundo: en París en mayo del 68, el activismo contra la Guerra de Vietnam, la lucha contra la segregación racial en Estados Unidos, el movimiento antiapartheid encabezada por Nelson Mandela, la revuelta estudiantil en México y la matanza de Tlatelolco, el movimiento pacifista, el movimiento ecologista (Greenpeace se crea en 1971).
El alcance de la dimensión mundial de algunas cuestiones eleva sus posiciones en la agenda internacional. Junto al deterioro del medio ambiente y el cambio climático, otra de las cuestiones preocupantes es el crecimiento demográfico y los problemas que de ello derivan. Es uno de los argumentos del Informe al Club de Roma “Los límites del crecimiento”, encargado al MIT (Massachusetts Institute of Technology) y publicado en 1972, situando el dilema en el debate sobre población “versus” recursos.
Durante la década de los 70 se empezó a poner en evidencia las limitaciones de la visión sobre el desarrollo de la década anterior y se inició el cuestionamiento que el crecimiento económico, por sí mismo, lograría los avances en ese ámbito.
Así, la idea que el subdesarrollo es un estadio anterior al desarrollo empezó a perder fuerza y se empezó a poner énfasis sobre salud, educación y vivienda, en contraste con el foco anterior de iniciativas de inversión de capital, especialmente para infraestructura. Además, a finales de los 70 los profundos problemas en los balances de pagos de los países en desarrollo culminarían con la crisis de la deuda y la ayuda condicionada a programas de ajuste estructural.
En efecto, en los años 80, particularmente en América Latina, primaron programas para ajuste estructural ligados a reformas económicas y financieras. La crisis de la deuda y los dos shocks petroleros (1973 y 1979) contribuyendo a la crítica al Estado y al ensalzamiento del libre juego del mercado, dando lugar a la emergencia de una mayor actividad de la ayuda multilateral a través del BM y el FMI.
Hay un cuestionamiento del papel del Estado (demasiado grande para resolver los problemas pequeños y demasiado pequeño para resolver los grandes problemas; además de las limitaciones y la erosión de conceptos absolutos como la soberanía o las fronteras). Entre lo global y lo local se opta por lo glocal, y más por lo transnacional que por lo internacional.
Desde el pensamiento se trata de estudiar y analizar esos cambios, y una de las opciones teóricas es la que plantea la interdependencia compleja, teoría propuesta por los politólogos estadounidenses Joseph Nye y Robert Keohane. Frente al realismo –que se basa en el protagonismo del Estado, del interés nacional y de la naturaleza conflictiva del medio internacional- la interdependencia opta por las soluciones multilaterales para problemas internacionales y la cooperación como vía para conseguirlo. Una de las aportaciones de esta teoría es el poder blando –la capacidad para la incidencia por medios culturales o ideológicos, complementados por la diplomacia-, en contraposición al poder duro, con sus implicaciones militares.
La presencia del ‘Tercer Mundo’ en Naciones Unidas se hace notar con la adopción, el 4 de diciembre de 1986, de la Declaración sobre el Derecho al Desarrollo. El resultado de la votación fue esclarecedor: 146 votos a favor, uno en contra (EE.UU.) y ocho abstenciones. El desarrollo ya no es sólo un hecho meramente económico, sino que pasa a la categoría de derecho humano. En esta concepción se observa la influencia del enfoque de capacidades, con la obra de Amartya Sen o Martha C. Nussbaum, que dará paso a la puesta en escena del Enfoque Basado en Derechos Humanos (EBDH).
Se sugiere la lectura de:
El principio de esta década viene determinado por una nueva realidad geopolítica que marcará la escena internacional: el fin de la Guerra Fría. Estuvo simbolizada con la caída del Muro de Berlín en 1989, símbolo máximo de la división entre el Este y el Oeste y la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la disolución del bloque del Este. A partir de ahí los acontecimientos se aceleran: reunificación alemana, cambios en el entorno europeo y, con un cambio geopolítico no solo europeo, sino a escala global.
El final de la Guerra Fría propició también un cambio en las motivaciones que impulsaban a las grandes potencias a mantener la Ayuda Oficial al Desarrollo como un arma más en la confrontación Este-Oeste. Este ambiente crítico podría resumirse con la metáfora altamente conocida de “la década de la fatiga de la ayuda”. Durante esos años se impusieron las recetas inspiradas en el llamado Consenso de Washington.
Los estados empiezan a abandonar las políticas económicas de corte nacionalista y postcolonial y a adoptar este modelo económico de inspiración neoliberal.
Se trataba de establecer la agenda económica internacional en función de los principios del libre mercado, la disciplina y el ajuste microeconómico, las privatizaciones y el libre comercio. El modelo asienta las bases de los Programas de Ajuste Estructural (PAE) a los países receptores de ayuda inicialmente llevados a cabo por el FMI y el BM. Así, la AOD quedó condicionada a la realización de transformaciones de los instrumentos económicos que para la gestión del desarrollo.
Estas recetas redujeron drásticamente las políticas sociales y generaron consecuencias muy graves en los niveles de vida de la población, su acceso a derechos y servicios básicos y en la gobernabilidad de los países empobrecidos.
Progresivamente ese paradigma neoliberal empieza a mostrar su debilidad poniendo de manifiesto que el crecimiento económico por sí mismo no llevaría a una mejora de las condiciones de vida de los países menos desarrollados y a reconocer que no se habían tenido en cuenta algunas condiciones esenciales para alcanzar un mayor desarrollo. En este contexto, en 1990, el PNUD presenta su nueva concepción sobre el desarrollo vinculada al “desarrollo humano” que, como se ha visto, desplaza el enfoque dominantemente centrado sobre las capacidades materiales y productivas a poner el acento en las capacidades, las oportunidades y las seguridades básicas puestas al servicio de las personas.
Ante la exclusividad de aspectos económicos para medir el desarrollo, se añaden aspectos sociales, medioambientales y políticos.
A partir de ese momento, el desarrollo empieza a plantear nuevos retos que superen la necesidad del crecimiento económico: sin una mejora de la gobernabilidad, la práctica de los derechos humanos o la distribución equitativa de los recursos y las oportunidades, no puede hablarse de un incremento del desarrollo humano. Esta concepción implica una nueva dimensión de la superación de la pobreza, las desigualdades y las consecuencias que éstas comportan. Desde esta mirada, el fortalecimiento de las capacidades locales y la exigencia de las condiciones necesarias que permitan un pleno ejercicio de los derechos humanos se vuelve imprescindible.
Durante esa década, Naciones Unidas recupera impulso en estos momentos, promoviendo el refuerzo del multilateralismo; así se pudo comprobar con motivo de la celebración de grandes cumbres mundiales a lo largo de la década de los 90, sobre cuestiones y ámbitos que afectan al conjunto de la humanidad (infancia, medio ambiente y desarrollo, población y desarrollo, mujer o derechos humanos) y sobre las cuales se detecta que solo se puede actuar de forma eficaz bajo la acción conjunta de los estados por medio de la cooperación internacional.
También la búsqueda de opciones para el tratamiento colectivo de asuntos de interés general, como los llamados Bienes Públicos Mundiales (Kaul, Grunberg y Stern, 1999) caracterizados por la no rivalidad (el que un individuo disfrute de un bien no impide o reduce el consumo de otra) y la no exclusión (una vez que el bien se produce no es posible impedir a alguien su utilización o disfrute). Se actuará conjuntamente en terrenos como la eficiencia de los mercados, el medio ambiente y el patrimonio cultural, la salud, los conocimientos y la información, la paz y la seguridad.
Es el siglo de la adopción de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), que tendrán su marco de referencia en la Declaración del Milenio, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 13 de septiembre de 2000; los jefes de estado y de gobiernos presentes reconocen que:
Además de las responsabilidades que todos tenemos respecto de nuestras sociedades, nos incumbe la responsabilidad colectiva de respetar y defender los principios de la dignidad humana, la igualdad y la equidad en el plano mundial. En nuestra calidad de dirigentes, tenemos, pues, un deber que cumplir respecto de todos los habitantes del planeta, en especial los más vulnerables y, en particular, los niños del mundo, a los que pertenece el futuro.
En la Declaración se establecen los valores fundamentales de las relaciones internacionales para el siglo XXI:
Una vez más, las expectativas para lograr un mundo mejor en base a estos valores se ven cuestionadas por una realidad que demuestra todo lo contrario, con la paradoja de que en ella son parte los mismos Gobiernos que se comprometieron a respetarlos.
Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) incluyen 8 objetivos, 21 metas y 60 indicadores para medir los progresos entre 1990 y 2015:
Para darles seguimiento, las Naciones Unidas lideraron un proceso que contó entre otros con:
Entre los mecanismos que lanzó la ONU, destaca el siguiente, que fue el precursor de la llamada Agenda 2030: el Informe del Grupo de Alto Nivel de Personas Eminentes sobre la Agenda para el Desarrollo después de 2015: “Una nueva alianza mundial: erradicar la pobreza y transformar las economías a través del desarrollo sostenible”.
En el informe participaron más de 5.000 organizaciones de la sociedad civil y 250 Directores Ejecutivos de grandes corporaciones, y se proponen cinco grandes cambios transformativos que pueden crear las condiciones —y crear el impulso necesario– para poder hacer realidad esas aspiraciones:
Hay que asegurarse de que a ninguna persona —independientemente de su origen étnico, género, origen geográfico, discapacidad, raza u otra condición—le sean negadas oportunidades económicas básicas y derechos humanos.
Es necesario dar un rápido giro hacia patrones de producción y consumo sostenibles, encabezado por los países desarrollados. Debemos actuar ahora para reducir el ritmo alarmante del cambio climático y la degradación medioambiental, los cuales plantean amenazas nunca antes vistas para la humanidad.
Una transformación económica profunda puede poner fin a la pobreza extrema y promover el desarrollo sostenible al mejorar los medios de subsistencia mediante la innovación, la tecnología y el potencial de las empresas. Economías más diversificadas, con igualdad de oportunidades para todos, pueden impulsar la inclusión social, especialmente para los jóvenes, y fomentar el respeto hacia el medio ambiente.
La libertad para vivir sin temor, conflicto ni violencia es el derecho humano más fundamental y la base esencial para la construcción de sociedades pacíficas y prósperas. Se hace un llamado para un cambio fundamental: reconocer la paz y el buen gobierno como elementos esenciales para el bienestar, no una opción adicional.
Un nuevo espíritu de solidaridad, cooperación y responsabilidad mutua debe respaldar la agenda después de 2015. Esta nueva alianza deberá estar basada en la comprensión de nuestra humanidad compartida, apoyando así el respeto y beneficio mutuos.
Los últimos tiempos de los ODM son paralelos a la adopción de lo que va a darles continuidad: los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), un conjunto de objetivos globales para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos como parte de una nueva Agenda de Desarrollo Sostenible, la Agenda 2030 aprobada el año 2015 por unanimidad de todos los estados miembros de la ONU.
Los ODS son fruto de un proceso negociador que finaliza con la adopción del documento “Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”, en la que se establece:
Estamos resueltos a poner fin a la pobreza y el hambre en todo el mundo de aquí a 2030, a combatir las desigualdades dentro de los países y entre ellos, a construir sociedades pacíficas, justas e inclusivas, a proteger los derechos humanos y promover la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de las mujeres y las niñas, y a garantizar una protección duradera del planeta y sus recursos naturales.
La forma y procedimientos en los que se basa la adopción de los ODS varia con respecto a la de sus predecesores, los ODM, gestados por un núcleo reducido de entidades. Hay un proceso participativo, que tiene su principal personas de todos los países y sectores.
El resultado de este proceso participativo se recoge en el informe “Un millón de voces: el mundo que queremos. Un futuro sostenible con dignidad para todos y todas”.
La Agenda plantea 17 Objetivos con 169 metas de carácter integrado e indivisible que abarcan la esfera económica, social y ambiental. Cada objetivo tiene metas específicas que deben alcanzarse en los próximos 15 años.
La Agenda define los 17 ODS en cinco esferas claves: las personas, el planeta, la prosperidad, la paz y las alianzas. Busca comprometer a la comunidad internacional, incluyendo a los gobiernos locales como corresponsables del desarrollo sostenible de su territorio en ámbitos como el hambre, la salud, la educación, la igualdad de género, el crecimiento económico, el medio ambiente o el trabajo.
Uno de sus principales éxitos del trabajo de incidencia de los gobiernos locales en dicha agenda es la inclusión del ODS número 11 “Ciudades y Comunidades Sostenibles” y especialmente la localización del resto de ODS, así como el ODS 17 “Alianzas para lograr los objetivos”.
Se trata de una aproximación al desarrollo de carácter holístico y universal que legitima la necesidad de alejarse del enfoque tradicional Norte-Sur e invita a abrazar el concepto de “Justicia Global” que rompe con la mirada clásica, asistencial y jerárquica del paradigma “países en vías de desarrollo versus países desarrollados”.
Por lo tanto, la Agenda 2030 apela directamente a los gobiernos locales y regionales y abre una oportunidad para avanzar en una política de cooperación que ponga el acento en la transversalidad, la coherencia de políticas para el desarrollo sostenible y la justicia global.
La cita de septiembre de 2015 en Nueva York no fue la única relevante en ese año. Unos meses antes, del 13 al 16 de julio, había tenido lugar la III Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo en Addis Abeba (Etiopía); la Declaración final recoge la cara y la cruz del estado de la financiación del desarrollo que, al contrario que con los ODM, se debaten antes de la adopción definitiva –o en paralelo- a los ODS: avances significativos en la movilización de recursos financieros y técnicos, mayor presencia de los países en desarrollo en el comercio mundial, que contribuyen a una reducción sustancial del número de personas que viven en pobreza extrema y al cumplimiento de los ODM.
Sin embargo, y al mismo tiempo, hay países que siguen quedando rezagados y no se ha puesto freno a la desigualdad, lo que junto al impacto de la crisis o al aumento de desastres impactan negativamente en una buena parte de la población mundial.
Durante esos años, también tiene lugar el cuestionamiento sobre la calidad de la ayuda, que activa la llamada Agenda para la Eficacia de la Ayuda (AEA) escenificada en la reunión del Primer Foro de Alto Nivel celebrado en París del 28 de febrero al 2 de marzo de 2005 y que concluyó con la Declaración de París sobre la Eficacia de la Ayuda, cuyos cinco principios para contribuir a la eficacia son:
Los principios rectores y los actores que participan se identifican en el siguiente gráfico:
A la reunión de París se suman otras que buscan como implementar medidas que garanticen la eficacia de la ayuda:
Este proceso de la llamada “nueva arquitectura de la ayuda” permite el tránsito de la ayuda eficaz a la cooperación para un desarrollo eficaz y la importancia de las organizaciones de la sociedad civil, de los gobiernos locales y regionales, de la Cooperación Sur-Sur y triangular y del sector privado.
La Alianza Global para la Cooperación Eficaz al Desarrollo realiza informes sobre esos avances. La Primera Reunión de Alto Nivel de la Alianza Global para la Cooperación Eficaz tuvo lugar en la Ciudad de México el 15 y 16 de abril de 2014, con el objetivo de promover un diálogo amplio y plural y propiciar un renovado intercambio de experiencias, que contribuyan a maximizar el impacto de la cooperación internacional para el desarrollo.
Se recomienda la lectura del artículo de Christian Freres y Beatriz Novales, “10 años después de la agenda de eficacia de la ayuda ¿Qué queda de París?”.
Otro de los procesos clave para comprender los retos actuales del escenario internacional y de la cooperación al desarrollo son las Cumbres del Clima, llamadas Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la primera de las cuales se celebró en Berlín en 1995. Entre estas destaca la COP21 celebrada en Paris (Francia) del 30 de noviembre al 11 de diciembre de 2015 organizada por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Desde entonces se han celebrado 6 Conferencias más, la última celebrada en Glasgow entre el 31 de octubre y el 12 de noviembre de 2021 (COP 26).
Con la Agenda 2030 y Objetivos de Desarrollo Sostenible culmina una etapa que expresa la opción multilateral en la consecución del desarrollo, superadora de otra supeditada a la relación entre donante y receptor, propia de la dinámica Norte-Sur. Los ODS reflejan no solo una nueva y más amplia dimensión del desarrollo, sino que, con sus limitaciones, se acuerdan con la participación de una amplia gama de actores, entre los que se encuentran los gobiernos locales y regionales.